Entonces, Judith entendió que debía abrir la séptima puerta. Un tiempo atrás comenzó a no parecerle tan horrible y tan raro el hombre de la barba azul, y se casó con él. Ella le prometió cumplir exactamente lo que él le había ordenado. Pero Judith, en realidad, empezó a sentir poco a poco el gran deseo de que su marido se fuera para poder quedarse sola, visitar todas las salas de la galería baja y abrir la puerta de la habitación prohibida del castillo. Y así lo hizo. La Judith de taiat dansa presenta a una mujer con muchas capas, con diferentes aristas y, por tanto, una multiplicación de Judiths que convergen en una. Y con una firme decisión: ser libre. Judith toma la decisión de afrontar el miedo, a lo desconocido, a descubrir qué hay detrás de la última puerta. En realidad, detrás de esa puerta solo, y por ende lo más importante, se esconde su libertad. Igual que las mujeres victorianas que representa el pintor danés Vilhelm Hammershoi, figuras femeninas que inspiran profundamente a las coreógrafas Meritxell Barberá e Inma García para presentar a su Judith en esta obra, todas las mujeres que aparecen en esta metáfora operística de taiat dansa aparecen sigilosas, vigilantes y en una aparente calma ficticia. La tensión de su silencio irá desmembrando su verdadero objetivo, llegar hasta el final, armarse de valor y abrir, aún con pulso tembloroso la puerta prohibida (como si de la manzana prohibida de Eva se tratara). La famosa moraleja de los cuentos de hadas se torna en est